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lunes, diciembre 11, 2006

No más Pinochet 3.

En La Nación hoy 11 de diciembre de 2006

OPINIÓNAdiós, general
Y a no dudar, ahora que has muerto, ante nuestros ojos se abrirá una gran escena del perdón de muchos de tus compinches, una enorme teatralización del arrepentimiento. Cuánto de ello será auténtico, y no un simulacro calculado, un ritual automático o una caricatura, el país sabrá sopesarlo.

Manuel Guerrero Antequera
Sin gestos de arrepentimiento, de confesión, perdón o disculpas te encontraste finalmente con tu lado miserablemente humano. A pesar de todo el poder acumulado, de la riqueza ostentada y de la prepotencia ejercida hoy estás ahí reducido a la nada. Tu muerte nos muestra lo trivialmente humano que eras, y esta verdad duele reconocerla cuando todo lo que hiciste fue negar tal condición a los demás.
Entraste a nuestra infancia segando la existencia de nuestros padres; marcaste nuestro miedo al otro torturándonos; destrozaste cualquier noción de hogar allanándonos; provocaste la confusión en la construcción de nuestras identidades exiliándonos; interrumpiste una y otra vez nuestra formación expulsándonos de liceos y universidades; maniataste nuestros medios de expresión censurándonos; hiciste desaparecer la bohemia nocturna enviándonos a dormir con toques de queda… Ojalá hubieses sido una máquina o un animal para aceptar más fácilmente que en el espacio corto de una trayectoria de vida se puede provocar tanto mal.
Y ahora que estás próximo a convertirte en polvo y tierra, no puedo dejar de pensar en la risa del Checho Weibel antes de ser desaparecido; en los conciertos de piano de la Pachi Santibáñez antes de que tus secuaces le pegaran un balazo en la cabeza; en la sencillez valiente de los hermanos Vergara y tantos pobladores a quienes reprimiste sin misericordia; en la cámara fotográfica comprometida de Rodrigo Rojas cubriendo nuestras marchas de secundarios; en las reuniones clandestinas donde papá, antes de aparecer degollado, nos alentaba a que nos organizáramos y autoeducáramos más sin por ello dejar jamás de amar y vivir la vida intensamente.
Porque a pesar de tu fascismo sistemático, quienes tuvimos la fortuna de sumarnos a la lucha por la libertad y la dignidad salimos sencillamente menos dañados de tu régimen de terror, más querendones y fuertes. ¿Te debe resultar paradójico, no? El exilio nos hizo desear más nuestra patria y reinventar nuestra chilenidad desde una concepción internacionalista de la justicia social y los derechos humanos; las desapariciones y torturas generaron mayor conciencia de la fragilidad de lo individual, lo que llevó a organizarnos mejor y formar redes locales, regionales, nacionales y continentales. ¿Recuerdas que se te ocurrió prohibir interpretar música con instrumentos andinos, o publicar fotografías en los medios como “Apsi”, “Análisis”, “Cauce” y “Fortín Mapocho”, los que salían a la calle con recuadros en blanco? ¿Alguna vez creíste seriamente que esas medidas absurdas detendrían las ansias de verdad y justicia de todo un pueblo? ¿Cuando, por orden de los servicios secretos que tú dirigías, secuestraste a papá en 1976 realmente pensaste que nos quedaríamos tranquilos y que él, una vez libre, no denunciaría por todo el mundo las infamias que cometías contra tus propios compatriotas? ¿Acaso consideraste que asesinando a Víctor Jara su canto nuevo dejaría de crear conciencia social? ¿Que eliminando al Presidente Salvador Allende no se volverían a abrir las anchas alamedas?
Quizá en los últimos estertores de tu infame existencia autocentrada pensaste en el perdón. No en el perdón que jamás nació de ti, sino en el que, de tanto en tanto, se nos solicita que te otorguemos. Y a no dudar, ahora que has muerto, ante nuestros ojos se abrirá una gran escena del perdón de muchos de tus compinches, una enorme teatralización del arrepentimiento. Cuánto de ello será auténtico, y no un simulacro calculado, un ritual automático o una caricatura, el país sabrá sopesarlo. Pero los crímenes contra la humanidad son imperdonables, pues abusaste de tu propia humanidad matando lo más sagrado de lo viviente, lo divino en el hombre, asesinando a Dios hecho hombre o al hombre hecho Dios por Dios. No habrá ecología de la memoria alguna, ni escena de redención, reconciliación o esfuerzos de normalización del país que puedan provocar tu salvación o absolución. A pesar de tu propia amnistía ya estás condenado por siempre al castigo mayor al que jamás un ser humano podrá ser sometido tras de ti: ser Augusto Pinochet. Adiós, general, que disfrutes del infierno.

Nunca más Pinochet 2.


Reproduzco Editorial del Diario La Nación de Chile. 11 de diciembre de 2006.


Ni siquiera fue un buen soldado. No sólo traicionó al Presidente de la República. También a sus propios camaradas de armas que confiaron en él, en horas difíciles para la patria. Sabemos cómo retribuyó al general Prats su delicadeza. Tomará su tiempo asimilar el enorme daño que dejó su entronización en la jefatura del Ejército y del Estado.



Ni después de muertos se puede matizar con los dictadores. Pinochet fue uno más de ellos. Pero el más oprobioso de nuestra historia. De cara al pasado -pero sobre todo ante la inmensidad del futuro- no hay cupo para el recurso bizantino, que no es más que un subterfugio para calmar ciertas conciencias. Todas las chilenas y chilenos sabemos cuáles.
¿Qué “obra” suya puede compararse con los miles de asesinados, detenidos desaparecidos, torturados, exiliados, relegados, vejados en su dignidad, humillados, desplazados, puestos bajo “sospecha”?
Ninguna. Ni el “modelo”, que sus lugartenientes civiles buscan poner a resguardo, resiste la mirada de la decencia…
Por primera vez desde ese opaco martes 11 de septiembre de 1973, anoche, en miles de hogares fueron muchos los que durmieron en paz. Especialmente en las casas de los más humildes, las de la gente sencilla, esos que vieron en el Gobierno del Presidente Salvador Allende la posibilidad de un mundo mejor. ¡Al fin se abren las anchas alamedas!
Nos ha tomado un largo tiempo ir recuperándonos del campo arrasado por Pinochet. La niebla recién comienza a dejar ver el campamento.
Su voluntad de cremación es una enorme metáfora. En la pira griega lo bueno y lo malo tomaba su camino etéreo. Pinochet tomará mañana el suyo.
Habrá quienes busquen reivindicar un cierto legado del dictador. No lo hay. Ya vimos. Ante Pinochet sólo cabe el balance ético. Como de cara a cualquier dictador, rojo o negro. La gran lección del siglo XX que las mujeres y hombre libres hemos aprendido, es que la dignidad humana no admite atajos ni explicaciones para los regímenes de fuerza.


"Nunca más Pinochet"

El penoso tránsito a través de la muerte a otra vida ha sorprendido a Augusto Pinochet a la edad de 91 años, en el Hospital Militar con todos los servicios médicos del dispositivo dispuestos para socorrerlo, rodeado de sus cercanos, bien protegido por un Estado que ha sufragado gastos de protección, escoltas, ambulancia y atenciones permanente a diferencia de, como dijo un amigo, todos los que murieron solos, torturados, vejados, lanzados al mar, enterrados en hornos y desaparecidos. Como cristiano creo que la garantía de la salud y la dignidad de la vejez y de todas las edades, es un bien no solo reservado para los que detentan el poder, Pinochet y los que trabajaron cercanamente en su gobierno no creyeron nunca en eso, la vida de muchos no tenía el valor y el aprecio que cristianamente debe darse a todo ser humano, para ellos eran prescindibles y por lo tanto se podían eliminar. Hoy que recordamos las mofas y las burlas de las que fuimos objeto por Pinochet, cuando tenía todo el poder, nos cuesta aceptar las buenas palabras de nuestros altos dignatarios eclesiasticos que quieren vestir de bonhomía a quien en vida nunca se arrepintió de sus crimenes, de sus robos, de las falsificaciones de instrumentos públicos, de sus mentiras. En nuestra familia nos quedamos si saber el destino de nuestro primo Horacio Carabantes, detenido en 1974 en el regimiento Maipo de Valparaíso y desaparecido desde ese entonces, otros cercanos han sufrida penas como esta u horrores que es preferible no volver a narrar pero que no se pueden olvidar. Queda en Chile un vacío, no por la partida del dictador, si no por la falta de justicia para muchos.