martes, julio 27, 2010

La Iglesia Chilena en el Bicentenario

Publicado en revista Stella Maris de la Diocesis de Valparaíso en junio de 2010.

Poner a la Iglesia Católica de Chile en perspectiva histórica a propósito del Bicentenario de la República nos debiera llevar a plantearnos algunas formas de mirar desde 1810 hacia nuestros días. Al revisar lo que se ha escrito al respecto, nos podríamos dar cuenta que hay miradas más institucionales que centran su mirada en los sucesivos gobiernos episcopales, otros destacan las tensiones que existían mientras la Iglesia no estaba separada del Estado, o hacen una aproximación desde una mirada crítica a partir del rol que la Iglesia jugaba frente a los conflictos sociales, hasta quienes destacan la contribución que ella ha hecho al proceso de avanzar desde condiciones sociales menos favorables para el desarrollo humano a condiciones de vida cada vez más equitativas, especialmente, para los más necesitados.

De hecho, daremos una mirada muy limitada a estos 200 años, desde la última perspectiva planteada, y trataremos de ejemplificar, a través de la obra de algunos hermanos religiosos y laicos, como la Iglesia Católica de Chile ha jugado un papel muy importante en la construcción del país que hoy tenemos. Esta forma de ver asume que la Iglesia como sacramento de la presencia de Dios en el mundo rebasa los límites institucionales para hacerse “fermento en la masa” encarnándose en la historia de Chile y visibilizándose en diversos acontecimientos.
Si partimos nuestro camino en la Primera Junta de Gobierno del 18 de septiembre de 1810, veremos que entre los constituyentes de la misma se encontraba el Obispo José Martínez de Aldunate quien, pese a fallecer al año siguiente, dio su decidido apoyo a este movimiento que inició al camino que nos convertiría en república independiente.
En la misma línea, de apoyo a la causa independentista, sobresalió Fray Camilo Henríquez fundador del periódico “La Aurora de Chile” y autor de muchos escritos que resaltaban los ideales libertarios. Dentro de la jerarquía destacó la posición del Obispo de Concepción José Ignacio Cienfuegos que, incluso, defendió ante la Santa Sede la condición de Chile como un pueblo libre y soberano y que después de la batalla de Chacabuco expresó “Dios no admite ni puede admitir votos contra la libertad del hombre. La libertad que proclama el sistema de América es una libertad racional y saludable fundada en la igualdad, en la justicia y en el Evangelio santo”. Con la inauguración de la República se esparcían las semillas de lo que más tarde, a fines del siglo XIX, vendría a ser refrendado por el surgimiento de la Doctrina Social de la Iglesia.
Si bien existían estas posturas a favor de la independencia, también había otras que defendían la monarquía en contra de la lucha de los criollos emancipadores. La discusión de estas ideas no llegaba al pueblo que, en un gran número, vivía sin acceso a la educación, confinado a una vida rural como inquilinos de haciendas y fundos.
Así como algunos laicos y religiosos más ilustrados planteaban sus ideas frente a los acontecimientos, el pueblo del siglo XIX, dada su condición, fue desarrollando y acogiendo prácticas religiosas que fueron permeando, no solo la vida de la Iglesia sino que la cultura de nuestro país, fuerte fue la devoción del Sagrado Corazón o el canto campesino a lo humano y lo divino que como muchas expresiones de la religiosidad popular subsisten hasta nuestros días.
La influencia de la Iglesia en la construcción del país se fue dando, también a través de la educación que diversas congregaciones, a partir de la creación de escuelas e institutos, fueron entregando a las distintas clases sociales.
A fines del siglo XIX, más tarde que en Europa, pero con consecuencias similares, el país comenzó a conocer movimientos sociales producto de la llamada Revolución Industrial que provocó desplazamientos poblacionales desde los campos a las ciudades. En Chile estos desplazamientos estuvieron motivados, además, por la obtención y explotación de grandes yacimientos de salitre en el Norte después de la Guerra del Pacífico, las condiciones de explotación de los mineros hicieron surgir organizaciones sindicales que generaron huelgas en las que muchos de ellos perdieron sus vidas. La organización sindical se extendió a principios del siglo XX, al resto del país. Si bien, al igual que frente a las luchas de la independencia, no hubo una sola voz ante el conflicto social, al menos en esta oportunidad, la voz del Papa León XIII en la Encíclica “Rerum Novarum” servía de apoyo y fuente de inspiración para lo que se daría en llamar el catolicismo social que representó la preocupación de religiosos y laicos por lograr mejores condiciones laborales y de vida para los trabajadores.
Nombres importantes de señalar en este compromiso social de la Iglesia son el del Arzobispo de Santiago y Cardenal don José María Caro quien era de origen campesino y supo interpretar las enseñanzas del Evangelio y el Magisterio favoreciendo la organización sindical y generando movimientos laicales de trabajadores, en esta línea también se destaca la figura del Obispo Manuel Larraín cuya influencia no solo se dejó sentir en Chile y se proyectó al resto de América Latina, los sacerdotes Fernando Vives y Alberto Hurtado promotores y formadores de laicos que, desde la acción sindical y política, van a tener un protagonismo importante en la historia del siglo XX. El último de ellos nuestro Santo, que no solo expresó sus ideas, organizó a los trabajadores, predicó el Evangelio sino que, además, con sus manos construyó una gran obra que crece día a día.
Nuestra historia reciente está jalonada por testimonios que han dejado una impronta en este recorrido de 200 años, ahí están: don Raúl Silva Henríquez con su amor por la vida, por los pobres, por los niños, don Francisco Valdés Subercaseaux Obispo y Misionero entre las comunidades mapuches, don Alejandro Goic cuya voz profética, en torno a la necesidad poner justicia en la distribución de la riqueza partiendo por el establecimiento de un salario ético, ha sido escuchada por las máximas autoridades y podría convertirse en una realidad que pone de relieve la dignidad que todo hijo de esta tierra posee por ser hijo de Dios.
Decíamos que la limitación de espacio nos hace ser mezquinos en las menciones, hemos destacado a algunos servidores que han ido más allá de los limites institucionales y que con sus testimonios han sido reconocidos, por personas de distintas creencias e ideologías, como constructores de esta República Bicentenaria. Día a día, hay laicos y religiosos que, desde diferentes lugares, siembran semillas del Reino en este país que tanto queremos, ellos junto a todos los que nos han precedido han dado forma a una amalgama de fe y vida que hoy por hoy nos hace sentirnos con esperanzas y fuerzas para hacer de Chile, cada día más, una “Copia feliz del edén”.
Carlos Cortés Segovia.
Profesor de Historia

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